viernes, 31 de mayo de 2013

Demanda y deseo



     Entre demanda y deseo hay una solución de continuidad, un intervalo, un hueco. Este hueco ya no es natural ni preexistente pues lo cava la demanda, más acá de ella misma, en su retroacción sobre lo que era el plano de la necesidad. En este hueco, que ya no es carencia en la necesidad, sino falta en ser, se aloja el deseo. El deseo se esboza en el margen donde la demanda se desgarra de la necesidad. Es decir, queda ubicado con la estricta significación de la irreductibilidad de la demanda a la necesidad. El término mismo de deseo traduce este efecto de negatividad generado por la demanda misma en su incidencia sobre la necesidad. Resume el trastorno aportado por la función de la palabra sobre el viviente.  Contrariamente a la necesidad, que busca su satisfacción y puede encontrarla, o no, esto depende de las contingencias, el deseo es, como tal, una función en pura pérdida, en la medida que el deseo mismo lo situamos por relación a la satisfacción. Es decir, aún satisfechas las necesidades, hay un hueco de insatisfacción que permanece. Este hueco es lo que Lacan denomina la falta en ser , es decir, la desnaturalización, la pérdida del goce natural de la vida, y el surgimiento de una falta generada por el lenguaje mismo, falta que es la causa del deseo.
    El sujeto afectado de falta en ser buscará entonces un complemento en el Otro y esto imprime a su demanda un carácter muy especial, por donde se va a revelar muy claramente que la demanda, lejos de ser demanda del objeto de la necesidad, es en el fondo esa demanda de nada en qué consiste la demanda de amor. 

domingo, 10 de febrero de 2013

LOS PENSIONISTAS DE LA MEMORIA - Luigi Pirandello



¡Ah qué suerte la de ustedes! Acompañar a los muertos al cementerio y regresar a casa, tal vez con una gran tristeza en el alma y un gran vacío en el corazón, si el muerto era un ser querido; y si no, con la satisfacción de haber cumplido un deber desagradable y deseosos de disipar, volviendo a los trastornos y a los trajines de la vida, la consternación y la angustia que el pensamiento y el espectáculo de la muerte infunden. Todos, de cualquier modo, con un sentimiento de alivio, porque, aún para los parientes más íntimos el muerto -digamos la verdad- con esa gélida, inmóvil rigidez impasiblemente opuesta a todos los cuidados que le brindamos, a todo el llanto que derramamos a su alrededor, es una horrible molestia, de la que el mismo dolor -aunque dé a entender e intente embargar otra vez desesperadamente- anhela muy en el fondo liberarse.

Y ustedes se liberan, por lo menos de esa horrible molestia material, al dejar a sus muertos en el cementerio. Será una pena, será un fastidio; pero luego ven como se deshace el velatorio; cómo cae el féretro en la fosa; y adiós. Todo ha terminado.
¿Les parece poca suerte?

A mí, todos los muertos que acompaño al cementerio vuelven a buscarme. Atrás, atrás. Dentro de la casa fingen estar muertos. O quizás están realmente muertos para ellos. Pero no para mí, ¡les ruego que me crean! Cuando para ustedes todo ha terminado, para mí no ha terminado nada. Se vienen todos a mi casa. Tengo la casa llena. ¿Ustedes creen en los muertos? Pero, ¡Qué muertos! Están todos vivos. Vivos como yo, como ustedes, más que antes.
Solo que -eso sí- están desilusionados.

Porque, reflexionen bien: ¿qué puede haber muerto de ellos?. Esa realidad que ellos le dieron, y no siempre del mismo modo, a sí mismos, a la vida. Oh, una realidad muy relativa, les ruego que lo crean. No era la de ustedes; no era la mía. Yo y ustedes, en efecto, vemos, sentimos y pensamos, cada cual a su modo, a nosotros mismos y a la vida. Lo que quiere decir que a nosotros mismos y a la vida le damos, cada cual a su modo, una realidad: la proyectamos afuera y creemos que, así como es nuestra, debe ser de todos: y alegremente vivimos en medio de ella, y caminamos seguros, bastón en mano, cigarro en boca.

Ah, señores míos, ¡no confíen demasiado! ¡Basta apenas un soplo para llevarse a nuestra susodicha realidad! ¿Pero no ven que les cambia continuamente?. Cambia, en cuanto empiezan a ver, a sentir, a pensar un poquitín diferente que poco antes; de modo que todo lo que poco antes era para ustedes la realidad, ahora comprenden que, en cambio, era una ilusión. Pero incluso, ay de mí, ¿hay acaso otra realidad fuera de esta ilusión? ¿y qué es la muerte sino la desilusión total?. Pero, hete aquí que si los muertos son un montón de pobres desilusionados por la ilusión que se hicieron de sí mismos y de la vida; por la ilusión que yo me hago todavía pueden tener el consuelo de vivir siempre mientras yo viva. ¡Y se aprovechan!. Les aseguro que se aprovechan.
Miren. Hace más de veinte años conocí en Bonn, sobre el Rin, a un cierto señor Herbst quiere decir otoño; pero el señor Herbst  era también durante el invierno, la primavera y el verano, sombrerero y tenía su tienda en una esquina de la plaza del mercado, junto a la Beethoven-Halle.

Por la noche veo ese rincón de la plaza como si todavía estuviera allí, respiro los olores mixtos que exhalaban los negocios iluminados, olores grasos; y veo las luces encendidas delante de la vidriera del señor Herbst, que está en el umbral de su negocio con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos. Me vé pasar, inclina la cabeza y me augura, con la especial cantinela del dialecto renano:
-¡Gute Nacht, Herr Doktor!
Han pasado más de veinte años. Por lo menos el señor Herbst tenía entonces cincuenta y ocho años. Y bien, tal vez esté muerto ahora. Pero habrá muerto para sí, no para mí, les ruego que me crean. Y es inútil, realmente inútil que me digan que estuvieron hace poco en Bonn sobre el Rin y que en la esquina de la Marktplatz junto a la
Beethoven-Halle no encontraron trazas ni del señor Herbst ni de su tienda de sombreros. ¿Qué encontraron en cambio? Otra realidad ¿Verdad? ¿Y creen que esa realidad es más verdadera que la que dejé hace veinte años? Vuelva a pasar, querido señor, de aquí a veinte años y verá qué quedará de lo que usted mismo dejó.

¿Qué realidad? pero, ¿Creen quizá que la mía de hace veinte años, con el señor Herbst sobre el umbral de su tienda, las piernas abiertas y las manos en los bolsillos, es la misma que tenía de sí y de su tienda y de la plaza del mercado él, el señor Herbst?
¡Pero quien sabe como se veía a sí mismo, a su tienda y a esa plaza el señor Herbst!
No, no, queridos señores: aquella era una realidad mía, unicamente mía, que no puede cambiar ni morir mientras yo viva y que podrá también vivir eternamente, si yo tengo la capacidad de eternizarla en alguna página o, por lo menos, durante otros cien millones de años, según los cálculos que acaban de hacer en América sobre la duración de la tierra.
Ahora, si el señor Herbst ha muerto es algo para mí tan lejano como los tantos muertos que voy a acompañar al cementerio y que se van también, por su cuenta, mucho más lejos, quién sabe adónde. Su realidad se ha desvanecido; ¿Pero cuál? la que ellos se daban a sí mismos. ¿Y qué podía saber yo de su realidad? ¿Qué saben ustedes? Yo sé la que les daba por mi cuenta. Ilusión, tanto la mía como la de ellos.
Pero si ellos, pobres muertos, se desilusionaron por completo de sí mismos, mi ilusión todavía vive y es tan fuerte que yo, repito, luego de haberlos acompañados al cementerio, los veo regresar, a todos, tal como eran: despacito, fuera del ataúd, junto a mí.


- Pero, ¿Por qué -ustedes dirán- no regresan a sus casas en vez de ir a la mía?
¡Qué bien! porque no tienen una realidad para sí que les permitan ir adonde se les dá la gana. La realidad ya no es para ellos. Y como ahora la tienen por mí, forzosamente tienen que venir a mi casa.
Pobres pensionistas de la memoria, su desilusión me aflije indeciblemente.

Al principio, es decir, apenas terminada la última representación (quiero decir, luego del cortejo fúnebre), cuando salen del féretro para regresar conmigo a pie del cementerio, tienen cierta gallarda vivacidad desdeñosa, como de quien se ha sacudido con poco honor, es cierto, y a costa de perderlo todo, un gran peso de encima. De todos modos, aunque quedaron en las peores condiciones, quieren respirar. ¡Ah sí!, por lo menos un buen respiro de alivio. Tantas horas allí, inmóviles, empaladados sobre una cama, haciéndose los muertos... Quieren desentumecerse: giran y vuelven a girar el cuellos, levantan ya un hombro, ya el otro, estiran, tuercen, sacuden los brazos; quieren mover las piernas expeditamente y también me dejan algunos pasos atrás. Pero tampoco pueden alejarse mucho. Saben perfectamente que están ligados a mí, que ahora sólo en mí tendrán su realidad, o ilusión de vida, que es realmente lo mismo.
Otros -parientes, algún amigo- lloran, los lamentan, recuerdan este o aquel pasaje, sufren por su pérdida; pero ese llanto, ese lamento, ese recuerdo, ese sufrimiento son para una realidad que fue, que ellos creen desvanecida con el muerto, porque nunca reflexionaron sobre el valor de esa realidad.

Todo es para ellos estar o no estar en un cuerpo.
Para consolarse les bastaría creer que este cuerpo ya no está, no porque esté bajo tierra, sino porque ha partido de viaje y quién sabe cuándo regresará.
Vamos, dejen todo como estaba: la habitación lista para su retorno, el lecho preparado, con el cubrecama un poco abierto y el camisón extendido, la candela y la caja de cerillas sobre la cómoda, las pantuflas delante del sillón, al pie de la cama.
-Partió. Regresará.
Bastaría con esto. Los consolaría. ¿Por qué? Porque ustedes dan una realidad en sí a ese cuerpo, que en cambio, en sí no tiene ninguna. Tan así es que -muerto- se disgrega, se desvanece.
- Ah, claro -exclaman ustedes ahora-. ¡muerto! Tú dices que, muerto, se disgrega; ¿pero cuando estaba vivo? ¡Tenía una realidad!

Queridos míos, ¿volvemos a empezar? Pero sí, esa realidad que él se daba y que ustedes le daban. ¿Y no probamos que era una ilusión? La realidad que él se daba ustedes no la conocen, no pueden conocerla porque estaba fuera de ustedes; ustedes saben la que ustedes le daban. ¿Y no podemos dársela todavía sin ver el cuerpo? ¡Pero sí!, tan cierto es que se consolarían de inmediato si pudieran creer que ha partido de viaje. ¿Dicen que no? ¿Y no siguieron dándosela tantas veces, sabiendo que realmente había salido de viaje? ¿y no es tal vez la misma que yo desde lejos le doy al señor Herbst, que no sé si está vivo o muerto?
¡Vamos, vamos!, ¿saben por qué lloran, en cambio? Por otra razón lloran, queridos míos, que no suponen ni remotamente. Ustedes lloranporque el muerto, él, ya no puede darles a ustedes una realidad. Les dan miedo sus ojos cerrados, que ya no los pueden ver; esas manos gélidas que ya no los pueden tocar. No pueden darse paz por su absoluta insensibilidad. Precisamente porque él, el muerto, nos los siente mas. Lo que significa que con él cayó, para la ilusión de ustedes, un sostén, un alivio: la reciprocidad de la ilusión.
Cuando él salía de viaje, ustedes, su mujer, decían:
-Si él desde lejos me piensa, yo estoy viva para él.
Y esto los sostenía y los confortaba. Ahora que ha muerto ya no dicen:
-¡Yo ya no estoy viva para él!
Dicen en cambio:
-El ya no está vivo para mí.
¡Pero claro que él está vivo para ustedes! Vivo en la medida en que puede estar vivo, es decir, por esa parte de realidad que le dieron. La verdad es que ustedes siempre le dieron una realidad muy lábil, una realidad toda hecha por ustedes, por la ilusión de sus vidas y nada o muy poco por la de él.

Por eso los muertos vienen conmigo ahora. Y conmigo -pobres pensionistas de la memoria- amargamente razonan sobre las vanas ilusiones de la vida, de las que se han desilusionado por completo, de las que yo todavía no puedo desilusionarme del todo, aunque como ellos las reconozca vanas.




      




Un buceador de los abismos de la psique
Revolucionó las tablas con su metateatro, produjo un par de novelas sobre la quiebra de la identidad y escribió incontables cuentos de antihéroes que, sofocados por las convenciones, terminan arrancándose la máscara. 
     Luigi Pirandello nació el 28 de junio de 1867 en Villaseta de Càvusu, actualmente Xaos y hoy perteneciente a la localidad de Agregento, Sicilia. Él mismo diría en su semblanza: “Yo soy un hijo de Caos y no sólo alegóricamente”.
     En 1934 tuvo un gran momento de gloria: la Academia sueca le concedió el Nobel. Sintomáticamente, ningún jerarca del gobierno italiano acudió a recibirle a su vuelta de Estocolmo. A la par que aumentaba su celebridad internacional, crecía su desarraigo interno. Y en aquellas fechas confesó: “De ahora en adelante vivo en el vasto mundo: el hotel es mi hogar y todas mis posesiones mundanas se agotan en una máquina de escribir”.
Pirandello murió en diciembre de 1936, en su casa romana, tecleando su última producción teatral, Los gigantes de la montaña. Como voluntad, dejó escrito: “Que mi muerte pase en silencio. Que no me amortajen. Y nada de flores sobre el lecho mortuorio. Carroza fúnebre de ínfima clase: la de los pobres”.
Sus cenizas están hoy en una roca de Caos, el lugar siciliano que le vio nacer. Y, a su alrededor, el decorado no puede ser mejor: la tierra de Empédocles, el mar de Homero.




viernes, 11 de enero de 2013

CELOS: "los que aman mal"

(Por Ernesto Moya)  

     Si revisás el historial de mensajes del celular de tu pareja, si te preguntas porque se arregla tanto y se perfuma para ir a trabajar, si intentas revisar sus mails, investigas a fondo su facebook, revisas sus bolsillos y cada papelito que anda suelto por ahí, entre otras cosas. Este artículo es para vos y para todas las victimas de celosos y celosas. Hay diferentes tipos de celos, en este caso me voy a centrar en el ámbito de la pareja.

     Aunque la cultura se esfuerce por demostrarnos otra cosa, los celos no son amor.  Gran cantidad de  canciones, poemas, películas y telenovelas nos dicen lo contrario, pero los celos suelen ser una suma de sentimientos negativos tales como: falta de autoestima, posesividad, necesidad enfermiza de controlar al otro, falta de habilidades sociales, desconfianza y hasta agresividad. Estos sentimientos se alejan mucho del amor. La persona celosa, quiere que estés con ella, luego con ella, después con ella y si te queda algo de tiempo también con ella. Comienza a absorber tu tiempo e intimidad poco a poco.
Andar por la vida sufriendo celos de forma moderada es una respuesta emocional normal pero, experimentarlos  de manera exagerada y descontrolada lo convierten en algo patológico. Cuando los celos son enfermizos empañan la razón de quien los padece, oscurecen el pensamiento y el buen entendimiento. Ninguna explicación es buena y el sentido común desaparece por completo.

 Es señal de que a nivel psicológico hay algo que no anda bien. Las personas celosas son capaces de abandonar sus actividades y condicionar la vida de la otra persona para no sentir celos (igualmente lo sienten), sin pensar que estas acciones pueden terminar deteriorando la pareja, las amistades y también las relaciones familiares. El celoso/a llega a presionar al compañero de diferentes formas, enojándose, haciendo chantaje emocional, reprochándole a su pareja falta de atención, etc.
Lo más dañino de los celos patológicos es el sentimiento de posesión sobre el otro o creer que el otro es propiedad de uno, este sentimiento puede desembocar en lo paranoico. Estas personas que tienen una fuerte dependencia emocional hacia los otros, experimentan tal grado de propiedad sobre la otra persona que las convierte en personas peligrosas y capaces de agredir a la persona amada ante la posibilidad de perderla.
Cualquier comentario y gestos del otro son analizados en busca de una pista que lo acerque aún más a su idea fija. El celoso siempre actúa motivado por la desconfianza, es una persona que suele ponerse de muy mal humor si su pareja comparte tiempo con otros o amplía su círculo de amigos. Justifica sus actos tratando de encontrar pruebas que demuestren una posible aventura. Sus sospechas se basan, la mayoría de las veces, en hechos infundados y, el constante temor a ser engañados o abandonados les lleva a ejercer un continuo estado de vigilancia permanente sobre la pareja. Cuando el celoso interpreta los hechos lo hace de una manera distorsionada y busca todas las pistas y señales que confirmen esa desconfianza, la mayoría de las veces, no encuentra ninguna, y su frustración es tal, que termina por violentar a la pareja para descargar su frustración y su ira.

El celoso/a va a tratar de que dejes de ver a tus mejores amigos, y les va a buscar todos los defectos posibles para convencerte de que no son buenas personas, tratando de manipularte hasta que dejes de verlos. La persona celosa te felicitará por tus logros, pero muchas veces si siente que vas creciendo, se asusta y teme que te alejes de ella, por lo tanto cualquier actividad que realices rodeado de gente con ciertos logros que la hagan sentir inferior la va a poner de muy mal humor. Es más fuerte el miedo que el amor.

Melanie Klein  sostenía que los celos se basan en la envidia, pero que son muy diferentes de ella. La distinción que ella establece entre ambos es similar a la aquí planteada: "La envidia es el sentimiento de enojo porque otra persona posee y disfruta algo deseable, y el impulso envidioso apunta a despojarla de ese algo o echarlo a perder, el envidioso no quiere el coche del vecino, solo quiere rayárselo”. El celoso se siente excluido de una escena en la que le gustaría participar. Los celos, conciernen a la relación de la persona con por lo menos otras dos, y se relacionan principalmente con un amor que el individuo siente que le corresponde y le ha sido arrebatado, o bien está a punto de serle arrebatado.
Según Freud nadie puede escapar a los celos (llamados normales) porque se originan en dolorosas experiencias infantiles por las que todos alguna vez atravesamos. Estos traumas infantiles universales vuelven a experimentarse cada vez que se despiertan nuestros celos en la edad adulta.
Para Freud, en los celos “normales” (los que experimentados en algún momento de nuestras vidas) siempre hay algunos componentes irracionales. La razón es que los celos demuestran tener profundas raíces en lo inconsciente y son la continuación de impulsos muy tempranos en la vida afectiva infantil. Las experiencias infantiles ejercen una gran influencia en nuestra elección de pareja.  Cuando encontramos a esa persona, proyectamos en ella la imagen interna que se formó en nosotros durante nuestra infancia. Los celos proyectados derivan tanto de una verdadera infidelidad como de impulsos hacia la infidelidad que han sido reprimidos. Si vos fuiste infiel, o deseaste a alguien pero no actuaste en consecuencia, es muy probable que proyectes esa infidelidad sobre tu compañero aunque éste sea inocente. O sea, le vas a echar la culpa  al otro de lo que vos hiciste o quisiste hacer y no te animaste, reaccionando con una escena de celos. Lo ideal es  lograr la comprensión de las verdaderas causas de los celos haciendo que vinculen las experiencias del pasado con los problemas actuales. También es probable que una persona que haya presenciado escenas de celos en sus padres y tenga más predisposición a ser celoso que otra cuyos padres se sentían seguros el uno del otro.

En el caso que una persona celosa pueda comprender que gran parte de sus celos son producto de sus propios impulsos reprimidos de infidelidad y que su compañero es una persona fiel, esa percepción puede ser suficiente para acercarse a la solución del problema de celos. En el caso de los celos delirantes, la solución no es tan fácil. Cuando los celos se vuelven patológicos se conoce como Celotipia. Hablar de celopatía es hablar también de un claro componente paranoico. Y como sucede en estas personas, el convencimiento sobre su verdad es total, sin que nada ni nadie logre convencerlos de lo contrario. En su mundo interno ya están fijadas una serie de ideas sobre las que se irá filtrando la realidad.
Si sos pareja de un celoso, en primer lugar busca apoyo profesional para hacer frente al problema. No pases la vida dando explicaciones de algo que no sos culpable, el celoso/a no las entiende.
No permitas que una pareja celosa arruine tus proyectos. La persona que te ama tiene que ser tu apoyo emocional, cómplice de tus logros y viceversa.

Si te reconoces en este artículo y sentís que tus celos están fuera de control, si está afectando sus relaciones y partes importantes de su vida, es momento de  considerar  asesoramiento para aprender a manejarlos mejor. Un psicólogo u otro profesional de la salud mental autorizado para ejercer puede trabajar con vos en el desarrollo de algunas técnicas para transformar tu pensamiento y tu conducta.
Mientras tanto, vas a tener que esforzarte en ser objetivo/a y aprender a diferenciar lo que son hechos reales de lo que puede estar manipulando tu imaginación. Analizá y preguntate primero por el verdadero motivo de tus celos, siendo honesto/a con vos mismo/a. Esto te ayudará a exponer tus sentimientos con claridad, a descubrir tus miedos, necesidades, etc. No culpabilices  al otro de lo que te ocurre. Tenés que ser responsable de lo que sentís y no olvides que tus actos dependen de vos, y sos la única persona que puede cambiar tu conducta ante lo que estas sintiendo.
Solo algunas de las consecuencias de los celos son: a)- la persona celada seguramente se  sentirá asfixiada, b)- se manifestarán graves problemas en la comunicación, cerrándose el diálogo y el respeto mutuo. La persona celada posiblemente ponga fin a la relación, y en este último ejemplo sería la profecía autocumplida para el celoso, donde entonces va a poder decir: “Y…yo ya lo sabía, siempre estuve seguro/a que me engañaba”.


jueves, 3 de enero de 2013

¿Sos carne de diván?



El odio, el rencor, la envidia son emociones que desgastan enormemente la energía. Son como los muebles viejos e inútiles ocupando un valioso espacio que necesitamos recuperar, en cambio si se reciclan se transforman en agradables objetos que da gusto tener en casa. Tenés que liberarte de los efectos nocivos de esas emociones. Cuando se abandonan el rencor y la envidia, también se alivia la ansiedad y el estrés, que nos devoran de a poco y causan enfermedades. Para hacer esto es necesario hacer algunos cambios en el tipo de pensamiento, no es fácil, pero se puede. Hay que trabajar con eso y abandonar el pensamiento mágico que nos lleva solamente a contemplar el cielo esperando el milagro. No pongamos nuestros problemas afuera. Alguna vez en la vida es muy saludable tomar la decisión y trabajar con nosotros mismos.
                                                                                                                                             Ernesto.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Combatir el estrés


       

         Para ayudar a combatir el estrés, una de las 

conductas necesarias es aprender a decir NO sin 

sentirte culpable. Querer agradarle a todo el mundo 

implica un desgaste enorme y provoca sentimientos 

de frustración y culpa. Cuando no puedas o no 

quieras cumplir con algo que se te impone y que no es 

tu obligación, sólo tenes que decir NO.





jueves, 29 de noviembre de 2012

¿VAMOS POR UNA MEJOR COMUNICACIÓN GRUPAL?




           Algunos tips: Todo el grupo debe estar al tanto con respecto al proyecto, que se encuentran realizando. Tener claras sus funciones, responsabilidades para que conozcan las metas y objetivos que deben de cumplir.
Por otro lado, lo que no se debe hacer es buscar culpables cuando las cosas sucedan mal. Se debe considerar el fallo de forma grupal y no individual. Todo el equipo debe reflexionar y examinar los puntos débiles para comenzar de nuevo. No sólo la palabra y la imagen, sino toda la conducta humana se convierte en signo de comunicación y tiene valor de mensaje: la actividad y la inactividad, las palabras, los gestos y el mismo silencio. Por tanto, es comunicación el modo de vestir, de comer, de sentarse, de hablar el modo de estructurar una celebración, un saludo o una despedida. Ah, Respeto entre sus integrantes y no caer en la trampa de los secretos grupales!!!

Ernesto Moya